Alegría de carton

Cuando tienes 15 años es inevitable para que seas aceptado entre tus pares ir a carretes. Tus amigos te obligan: te lo ruegan, te lo imploran. Es todo una gran mentira disfrazada de sudor.

Mi último carrete fue el año pasado. Era el cumpleaños de Slomy. Era igual a todas las otras fiestas que había ido: luces, chicas, copete, música. En esta esquina las minas ricas bailando en grupo; en la otra, los idiotas esperando nada, el baile de los que sobran, que observaban como el resto se divertía. A mi izquierda, el reviente, tipos vomitando y haciendo chistes. Yo, aquí, bailando en una fila pelotuda, donde nadie se miraba, sólo se movían, cantaban, bailaban. Con tristeza en el alma mirando como el resto la pasaba bien, yo me sentía un vendido: solo, inútil y obligado a ser como el resto. Hacía frío, tenía sueño, hambre y ganas de dispararle a todos.

La copia matemática de todas las fiestas anteriores continuaba hacia donde se mirara: las conversaciones, el show de pasillo, las confesiones de invierno de esas chicas llorando con el rimel corrido por tipos que las traicionarían con la mejor amiga, la sangre de los dos que se habían puesto a pelear y habían echado a perder todo, los pesados rapeando y gritando idioteces, una pareja de sincerebros agarrando y todos aplaudiendo. Un típico carrete de villa, de esos que se hacen en una casa igual a la de al lado. En conclusión: un asco. Drogas, sexo y tecnopop, pasado por cumbias malas, una cosa kitsch, folclórica y sin gracia.

Pasaban las horas, todo avanzaba sin moverse y de pronto, cuando vieron que nadie da más, el Lento. Esa estúpida canción romántica que te lleva a patear puertas. Yo sólo quería escuchar She’s so cold de los Rolling Stones. Todos abandonaron la pista, mientras sólo se quedaba un par de parejas. De pronto me sentí con pena, hecho bolsa, esperando nada, envidiando a los todos que se divertían, que la pasaban bien, que eran felices y que no se habían dado cuenta que de malas copias de rapper gringo pasarían a ser oficinistas marcatarjeta.

Volví a mi casa, me metí en mi cama y no pude dormir. Me levanté con orgullo, prendí el computador y me saludo Windows. Estaba salvado.

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