Jugando a crecer

Ernesto, vecino de banco, me está insultando por Messenger, colocando en tela de juicio mis columnas y comentarios. Solo leo. Observo tranquilamente, pasan las palabras y sus frases repletas de errores ortográficos juzgan mis comportamientos. Luego, se despide de mí, me desea suerte, y me coloca una inútil carita contenta, como de la nada, como pidiéndome perdón, como arrepintiéndose de si mismo. Y se va. Tal como sale de la sala a mirar el pasillo vacio.

Luego, otro me empieza hablar sobre sus asuntos personales, repleto de “buena onda” me saluda, sabiendo bastante bien que lo detesto. Que desprecio sus frases sacadas de sitios web de fondo negro y sus errados conceptos de la realidad social. Me comenta de cosas inútiles, me habla de una chica a la que le llaman Milú. Él ama a Milú. Respondo que nadie se puede llamar así a menos que tenga cuatro patas y una cola. El tipo se ríe y me doy cuenta que ha perdido el sentido de la dignidad. Quizás porque jamás la conoció.

Mis compañeros de curso juegan a ser adultos, a tener problemas, a sentirse vivos. Se inventan vidas, grupos, conflictos de telenovela mexicana. Juegan a ser jóvenes, disfrutan con eso devorándose sus propias mentiras, juegan a ser antinazis, aunque no saben bien lo que es el nazismo, discriminan a los homosexuales pero están en contra de la homofobia y permanentemente buscan tener pareja, traicionándose constantemente para después llorar mutuamente en sus hombros, como jugadores de rugby. Mis compañeros odian a sus profesores, pero cuando los atacan los defienden a brazo partido. Van en un colegio de curas, rezan todos los días, pero detestan a Jesucristo y aún no comprenden bien las diferencias sociales. Para ellos los pobres son ignorantes, y los ricos (del tipo traficante de armas) han llegado a sus arcas por medio del esfuerzo propio.

Los chicos que van en mi curso también son solidarios…. una noche a la semana van a hacer tours “a la pobreza”, donde con un pan con jamón sienten sus penas aliviadas y llegan contando que fue una experiencia “increíble” mientras a su compañero de cuadernos sin marca lo miran en menos y sonríen con su última chaqueta Nike de imitación, jugando a que viven en Providencia, juntándose en pools a fumarse el tiempo. Mis compañeros están sumidos en una ignorancia voluntaria, no saben leer, menos escribir y no porque no tengan recursos, si no porque el mundo para ellos limita en saber sumar y poder armar con letras sus nombres. Con eso basta, dicen con sus sonrisas carentes de simpatía. Quieren ser ingenieros, porque se gana plata pero aún no saben de qué sirve serlo. Sus centros de alumnos, elegidos por cualquier cosa menos ellos mismos, les prometen fiestas para ir a drogarse a los baños y para poder comprar la felicidad que no tienen por 2 lucas en un galpón oscuro, transpirando alegría que se acaba al saber que el lunes pelearan nuevamente contra sus propias sombras, jugando a ser intelectuales por que leyeron un panfleto anti McDonald’s, esperando ser adultos, para que frente a sus televisores vean Morandé con Compañía y lavando sus autos cada fin de semana añoren lo que eran esos tiempos, cuando la vida nunca empieza y el mayor miedo es no tener el justificativo de mamá por llegar tarde al colegio.

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