Lentamente

Nunca en mis 16 años he bailado un lento. Pero hoy es una nueva noche. Llegó el momento. Estoy solo, con frío, en la esquina de la pista de baile. Nuevamente me atrevo a pedirle bailar un tema de velocidad distinta al resto. Pero más rápido que cualquier mirada, me dice con su sonrisa angelical: “Nico, es que tengo que ir al baño”. He vuelto a fracasar. Siempre fue lo mismo. Pasan los años y la excusa siempre se repite. No he bailado con nadie apretado. Y no es porque posea una colección de discos de Camilo Sesto, tenga como serie de culto Star Trek o me parezca a Jorge Hevia. No. Se debe a que siempre voy donde la misma mujer. Tal como Charly Brown siempre intentaba patear la pelota que Lucy colocaba en su camino, una y otra vez, yo le pido, casi como un favor, un abrazo musicalizado con una canción melosa de fondo y que en las películas termina con un beso. El lento del carrete siempre tiene ese american style que nos imponen series como Dawson’s Creek. Tenemos que bailar apretados, rodeados de humo, cerrando los ojos y siendo observados por una tropa de voyeuristas deprimidos. Lo peor es que cuando suena de fondo esa cancioncita de cuarta, de ese cantante ambiguo que de seguro pasó por Viña, igual te dan ganas de abrazar a esa chica preciosa que encabeza tu lista de sueños, aunque vaya totalmente contra tus principios, porque sabes que no la podrás conquistar hablándole del último libro que leíste ni de tus planes a futuro. Confesaré a continuación en qué condiciones bailaría feliz un lento: en una terraza, un par de velas, un traje decente y en privado, con “The drugs don’t work” de The Verve, o “Handbangs and gladrags”, de Stereophonics. Pero no en un gimnasio rodeado de humo, con una manada de pelotudos gritando como si estuvieran en una emisión de Mekano. Bueno, llega el momento de terminar y evidentemente tengo que sacar algún provecho de mi posición de columnista, con un mensaje de utilidad pública: si alguna vez me cruzas en una fiesta, estás media aburrida y quieres aprovechar el background musical, tómame la mano, llévame hacia fuera, miremos la luna y salvemos el mundo. Si la luna se puede ver en Santiago todavía.

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