Solo. Estupido. Virgen.

Según una encuesta que leí hace poco, el 30.8% de los hombres entre 15 y 19 años tiene sexo una vez por semana. Uno, que pertenece al 69.2% restante, no le da mucha importancia a estos datos. Menos cuando uno no tiene sexo ni una vez al año.

Debe ser que soy demasiado ingenuo. Quizás me creí todo eso de que el sexo debe hacerse con amor, con alguien que te entienda y te limpie las lágrimas. Que te mienta constantemente y te haga feliz. Cosas que le he escuchado a uno que otro adulto que de seguro en su vida hizo totalmente lo contrario. Durante todo este tiempo he visto como mis compañeros han llegado con incipientes sonrisas, repitiendo una y otra vez: “bacán, bacán”, con un tono parecido al que tendrías si te estuviera persiguiendo un tren. Conforman un Club de los Desvirgados, al que todo aquel que se considere hombre debe pertenecer para compartir experiencias, posiciones y nuevas ideas. Son momentos en que me quedo atrás y me doy cuenta de que no está mal que así sea: las chicas necesitan algo más que un pelotudo que no dude en contarlo todo con lujo de detalles, describiendo despectivamente y con orgullo el momento, como si se tratara de un DVD que recién se compró.

Yo sigo con mi política de virginidad de trofeo, esquivando cada desafío, cada propuesta de pololeo, cada mirada de cama. Renuncié incluso al intercambio de fluidos salivales. Básicamente porque siento que mi estupidez puede llevarme a pasarlo pésimo en el momento clave. Eso no quiere decir que cuando me arrojan encima la frase: “si a los 15 todos lo hacen”, no me sienta pésimo. Me pesa casi como un karma. Me lleva al lado de la excepción, de la fila de espera, de la minoría. Y aflora ese dolor con el que he luchado los últimos dos años de mi vida: la imagen del perno, del tipo solo, del que habla bonito pero que nadie entiende. Del incomprendido. Ese estigma del que me había librado gracias a la onda de integración del diferente, transformando esto de hablar de otro modo y decir otro tipo de cosas en una especie de marca personal.

Confieso que hay veces en que me gustaría saber bailar axé, besar a quien se me cruce, bajar mis pantalones con facilidad, hablar como si estuviera en la cárcel y todas esas cosas. Pero ya no. Ya no puedo cambiar. Porque éste es mi puesto en el mundo. Esta es mi resistencia pop de miradas cínicas, frases rencorosas, soledad sin intención y penas juveniles. Aunque me conserven solo, estúpido y virgen.

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