Apetito por la destrucción

l primer concierto de mi vida fue el retorno de Los Prisioneros. Llegué a las 14 hrs. al Estadio Nacional junto a un primo. El paso de las horas. La expectativa. Las imágenes. Toda mi vida escuché a Los Prisioneros y nunca los había visto. Para mí eran una leyenda, “un grupo de lolos locos que cantaban contra Pinochet”. Mi familia tenía un Lada y sus Grandes Éxitos eran la banda sonora de mis viajes, cuando llegar a Los Ángeles demoraba 10 horas y podías ver el Salto del Laja cuando pasabas.

Todo Chile estaba en ese concierto. Abuelitas, madres, niños de 6 años que se sabían de memoria los temas. Eso era un país concentrado. Como si los comerciales institucionales de TVN fuesen algo real. Hasta que el evento familiar se transformó en una fiesta hooligan.

Una vez en la sala de clases empezamos a lanzarnos papeles. Y de los papeles pasamos a un forado en la pared y una lluvia interminable de sillas y mesas lanzadas los unos a los otros, mientras todos reíamos como imbéciles. Todo gracias a un profesor que nos dio “la hora libre”. ¿Alguien puede explicar eso? ¿Quién puede explicar por qué cuando viene un rockero gringo, sus propios fanáticos terminan bañándolo en escupo? ¿Por qué no hay festejo nacional que no termine en drama? Mi primer recital no sería la excepción.

A eso de las 6 de la tarde, cuando el aburrimiento comenzaba a consumir el estadio, se dio inicio a una guerra de basura. Nadie soportó la calma. El espectáculo familiar se transformó en un tiro al blanco gigantesco donde las botellas iban dirigidas contra el que hablaba fuerte, el que usaba lentes, el chico, el guatón, el alto. A mi primo le dieron con una botella en el cráneo. Sonó hueco. Todos nos reímos. Todos éramos felices. Daba la impresión de que en cualquier momento el lugar iba a estallar. En un segundo me caí. Mirando los pies de todo el mundo pensé el motivo de nuestro apetito por la destrucción. Parece que este país no sabe vivir sin caos. El desastre lo traemos en la sangre. El escudo debería decir Rompan todo y arranquen. No hay trabajo escolar que no termine destrozado, no hay fiesta que no acabe con chicas llorando porque a un imbécil se le ocurrió quebrarle a otro una botella en el cráneo. Entonces una posible respuesta se me estrelló como botellazo: si nos gusta festejar destruyendo es porque nuestros triunfos siempre son ajenos. Porque somos testigos y no protagonistas. Porque, en el fondo, parece que sentimos que nada nos pertenece.

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