Chile esta en guerra conmigo

Chile esta en guerra conmigo desde que tengo 6 años. Todo comenzó por culpa de una cueca y una apoderada que me gritó “así niñito huevon, así” mientras trate de seguir pasos que no pude entender jamás. Desde ese entonces y gracias al estado de Shock en que me encontré, cada vez que llega Septiembre, la adrenalina y el pánico se apoderan de mi y entre el blanco, azul y rojo, los griteríos, los llantos, el hilo curado, los curados y los especiales de Tierra Adentro sufro una suerte de intoxicación que logra internarme en la esencia de este país que amo y odio por miedo a que inunde mi casa o me triture en un terremoto. Lugar donde vive la gente que quiero. Pedazo de tierra del cual nunca me voy a despegar por el remordimiento de saber que me puede buscar para sacarme la cresta a la salida del colegio y el tener claro que aquí el fracaso se puede encubrir en las derrotas de todos los habitantes de esta larga y angosta faja de tierra.
Soy un convencido de que Chile no es un país. Son cientos de pueblos pegados con una historia en común y en búsqueda del consuelo de vivir en un callejón sin salida entre la cordillera y el mar.
Yo vivo en un Chile donde las calles con piedras, vidrios rotos, tierra y cemento se entremezclan con pasajes de casas iguales pareadas y malls gigantes que cubren la montaña. Para ir a mi trabajo o saludar a mis amigos cruzo en la micro otros Chiles. Poblaciones que son postales de Soweto y Rascacielos que rememoran Manhattan. Naciones que tienen como puestos fronterizos servícentros de colores pero que son unidos por un nombre común de 5 letras.
Por eso Chile es a la vez el lugar mas seguro del mundo. Se mimetiza entre las convenciones de la ONU y los mundiales de fútbol para no ser ni lo mejor ni lo peor. Ni lo destacado ni tampoco lo ignorable. Para ser Chile nada más.
Hay un Chile de Neruda y otro de Marlen Olivari. Uno donde Allende vive y otro donde todavía gobierna Pinochet. Hay un Chile que me atormenta en el centro y me puede robar el Discman y otro con casas calcadas a los suburbios norteamericanos donde se respira aire puro mientras en el país vecino (“unas pocas cuadras mas allá” como dirían los habitantes de todas las plazas) los niños se mueren en los consultorios.
Todo eso, a pesar de los años, aun no lo puedo entender. Igual que esos pasos de cueca que aterrorizan mi infancia y me tienen en un Bunker con Coca-Cola, MTV y una cajita feliz escribiendo estas palabras. Por que todo Chile le teme a Chile en este Septiembre de nunca acabar.

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