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El misterioso mundo de los padres

Mi papá nunca me habla de su familia. Jamás he entendido muy bien por que soy un Copano. El apellido nace y termina en mi abuelo, mi tío y mi padre. Luego recae en mi, mis hermanos y mis primos. Somos como el genesis de una familia de cuento a medio escribir. Se supone que tendría que armar el puzzle, pero nunca me gustaron los archivos secretos X.
Tengo un compañero de curso que jamás ha visto a su papá y otro que tiene una foto muy hippie donde el suyo sale vestido de Sandro. Esos tres fenómenos parecen tristes, absurdos e inconexos frente a los ojos del lector común. Pero son los casos más raros que nunca se han cruzado en las vidas de Hernan, Miguel y yo. Tal vez nunca conoceremos las respuestas de esas preguntas tan presentes como ausentes. Nunca entenderemos la decadente soledad de ser papá hasta estar en sus zapatos. De ese premio de consuelo, al ser compañía y no tener algo en el vientre. De esa tortura silenciosa de ser una especie de juguete eterno de la familia. De ser el patriarca de un convencimiento de libro de que ese es el origen de todo. De mantener nuestros sueños incolumnes de ser cualquier cosa menos ellos.
Las mujeres tienen la ventaja de dar la vida, ser fuertes y fieras como de la nada. No tener pelos en todos lados como nosotros y de paso tener la integridad necesaria para negarnos en los tribunales (existenciales y palpables) saber acerca de ese ser nacido “del amor (o pasión animal bañada en whiskey) de un hombre y una mujer.” como rezan los libros de catequesis que se destiñen con el paso de los años. Nosotros, los machos, nos conformamos con dar la posibilidad de provocar (y colocar) el inicio para acompañar y luego tener como mas segura opción (en los tiempos modernos) quedar botados y borrachos de dolor y confusión en el camino de las relaciones estables. Asumiendo que nos quedamos solos y transformados en bestias abominables que repletas de miedo o coraje, dependiendo de nuestra decisión, elegimos decir si a la paternidad para no terminar en una estacion de servicio desierto en Arizona. O decir no para seguir jugando como niños con nuestra inmadurez absoluta tratando de alargar la fiesta hasta que todos nuestros amigos hayan vuelto a sus casas. Confirmando de que la infancia se repite toda la vida y que en nuestros ternos se esconde la ilusión de la chaqueta de colegio y los zapatos con betún. Para mucha gente con pene, hacer el amor no es muy distinto del catalogo de HomeCenter o del manual de armado de un avion a escala. Ese es el valor de ser padre y quien se precie de ello lo sabe bien: debe mantener familias, comprar alimentos, regalos y sueños, teclear durante horas en un cubiculo egoísta con un monton de desconocidos que le harán la vida imposible en el mejor de los casos, y aun asi pueden ser desechados, descartados o ignorados por sus hembras que los reemplazan, en cualquier segundo con un ejemplar mas sano, mas fuerte, mas listo y menos cansado. Aquella lista comprende desde al homosexual reprimido del instructor de aerobics hasta el verdulero con look camionero que le sonrie a la casera con los dientes amarillos.
Aferrados a ese pacto silencioso, los progenitores colocan su esperma y entregan al vientre nuevos hijos para acompañar a sus hermanos solitarios, que a su vez quieren matarlos con los años y ser libres. Terminar de ser los niños para pasar a ser padres de si mismos y así, continuar la cadena, en medio de las peleas, los silenciosos, los arrebatos y las mutuas decepciones. Quebrando los puentes de la admiración y el recelo mutuo. En ese instante el hijo desprecia al padre que ve dos horas al día y el padre piensa que el hijo va rumbo al fracaso, deseandolo verlo de nuevo en el jardín infantil para llegar a abrazarlo y besarlo por sus caritas contentas y no dejar de saludarlo por sus manchones rojos en la libreta de notas.
Nunca los hijos sabemos los amores paternos. En realidad es dudoso comprobar si realmente sienten: mejor nos quedamos con la idea de que papá y mamá estuvieron siempre juntos desde el inicio de la vida, para no arruinarnos el día y no sentir asco de paso. Papá siempre al vernos llorar nos dejará un poco solo: no sea que no estemos poniendo maricones. Ese miedo mas grande que sus peores miedos. Nunca necesitaron de un sicologo, ni de ritalin, ni de nada. Se dieron los golpes en un tiempo donde el golpe limitaba las noches y la disciplina impuesta a culetazos ordenó el mundo y lo tiño de sangre. Por eso, cuando llegan a casa nos preguntan “como estas?” para arrancar rapido del lugar y llamar a nuestra madre, que cuidará de nosotros y relegará a esas “sucias” (que serán dueñas de un vientre y un marido, algún día, tal como ella) a otras partes. Cuidando de nuestras pesadillas. Mientras ellos cuentan los minutos para que dejemos de ser tan inmaduros como su pasado y no nos preocupemos mas de las mujeres. Para eso esta el Kike, que se dedica a mostrarles, las que nunca van a tener al lado.
En ese instante el padre, preparado para dormir, devela el mas extraño de los misterios: su ida al baño nocturna, la mala costumbre de no tirar la cadena o lanzar los papeles a la taza, su locura por que apaguemos el teléfono cuando estamos conversando. O su obsesión por levantarlo mientras charlamos sobre lo clave que es tener ese disco de Pink Floyd para salvar el universo. Su desagrado al vernos chatear y tener que saludar una espalda o hablar tan poco como el sobre su vida, su trabajo, sus carpetas, conclusiones, su día. Su largo y extraño día donde nunca sabemos que hace, que dice o que piensa. Si trafica armas para mantenernos. Si mata animales, su reza, si llora, si rie. Si esta interpretando un personaje adentro o afuera. Si es humano. Si nos quiere o se siente condenado a nosotros. Si es el realmente.
En ese momento llego a la conclusión de que mi padre no es el mejor del mundo y me alegro por eso. Por lo menos a este si lo veo y si no esta molesto, lo abrazo como si fueramos dos boxeadores, entregándole un beso en su rasposa mejilla, sin nada que contarle mas que el hecho de saber que voy a cometer los mismos errores y de seguro no voy a lograr ninguno de sus aciertos. Que jamás voy a tener un promedio 6.8 como a el tanto le gustaría para que tuviera un futuro como la gente. Como el si lo tuvo. Que a veces, me siento pésimo sabiendo que le decepcionan mis incapacidad y no se si sea mas humano para darse cuenta que solo quiero ser un poquito mas feliz que ahora. Aunque sea a través de estupideces como quedarme escribiendo hasta una hora donde tendría que dormir para levantarme temprano y no pasar frio y sueño en la mañana. Como el tanto lo desea para que me sienta bien en este mundo de mierda que nos tiene postrados en estas batallas absurdas. Me gustaría que mi papá fuera mi mejor amigo y que no se le olvidara que alguna vez lo dijo. Que dejara el misterio de lado por un momento y me dijera cuanto me quiere, para entregarme un consejo y dejar de preocuparse por mañana. Por los servicios militares. Por las universidades. Por esas cosas que se pueden quemar en una tarde. Que se acaban y que empiezan. Que etiquen y desunen. Que reinventan. Que dañan y que mienten.
En ese instante quizás todo cambiaría y yo dejaría de botar lagrimas frente al computador y sumar un aliado en el peor momento de la vida de todo ser humano: la adolescencia. Y así poder guardar el llanto para un momento en que realmente valga la pena, como me dijo una mañana y no pensar que es alguien que aparece cuando todo esta bien, como esos malos amigos que uno se lamenta de tener. Para anular esa sensación de tener que dejarlo de lado para cumplir con el estupido y rutinario ciclo de la vida, levantandome a las 7 para ir a la oficina.